EL EXTRAÑO CASO DE LA MUJER QUE NO PODÍA RECONOCER SU ROSTRO

La mente humana es uno de los más complejos sistemas que podamos concebir: su hiperconectividad neuronal, su relación con las emociones, el procesamiento de información a través de la percepción, son solo algunos de los prodigios que incluye nuestro diseño mental. Pero también es cierto que su sofisticada ingeniería mantiene innumerables secretos que aún pasan desapercibidos o inexplicables a nuestro propio análisis racional.

Entre los múltiples ‘desórdenes’ neurológicos que se tienen registrados, muchos de ellos bastante extravagantes, la prosopagnosia es uno de los más intrigantes –popularmente se le conoce como “trastorno de reconocimiento de rostros”. Este fenómeno consiste, precisamente, en padecer una gran dificultad para reconocer rostros desconocidos, familares y, en algunos casos, incluso el propio reflejo en un espejo –cada caso tiene sus propias variables.

Heather Sellers es una mujer que padece prosopagnosia severa, de lo cual se enteró hasta que tenía 36 años –y gracias a que ella misma sugirió que tal vez correspondía a su padecimiento. Previo a esto fue diagnosticada con ansiedad y otros trastornos, ninguno de los cuales justificaba su condición.

A pesar de lo exótica que parece este desorden, se calcula que el 2.5% de la población sufre en algún grado de prosopagnosia. Lo que sucede es que en muchos casos pasa desapercibida, ya que el cerebro utiliza un amplio mapa referencial para distinguir a una persona: “En muchos sentidos es un desorden sutil. Es fácil para tu cerebro compensar la falta de información con muchas otras cosas que puedes utilizar para identificar a alguien, por ejemplo el color del cabello, el movimiento corporal, o cierta vestimenta. Pero cuando te encuentras a esa persona fuera de contexto, entonces resulta socialmente devastadora” advierte Heather en entrevista para la revista New Scientist.

Si bien para una persona ‘promedio’ el reconocer a alguien representa un proceso automatizado (con elementos referenciales de por medio), lo cierto es que este ‘simple’ acto involucra el trabajo diversas regiones cerebrales: la corteza de asociación visual (construcción de imagen), los Hipocampos y regiones frontotemporales (comparación y activación de una sensación de familiaridad), las regiones temporo-parietales (encargadas de la memoria semántica) y el hemisferio izquierdo (activación de estructuras lingüísticas que codifican el nombre de la persona).

Más allá de los neuro-tecnicismos, creo que la prosopagnosia resulta especialmente interesante porque el hecho de auto-reconocernos físicamente –fenómeno en el cual el rostro juega un papel fundamental–, se ve afectado directamente por está particularidad. De acuerdo con el neuropsiquiatra italiano Vittorio Guidano, la experiencia humana se procesa mediante dos conceptos: el “yo” y el “mí”. Anteriormente Jung había referido al “yo” como “el centro del campo de la consciencia y, en la medida en que este campo comprende la personalidad empírica, el yo es el sujeto de todos los actos conscientes”.

“He estado en un elevador repleto de personas, con espejos a nuestro alrededor. De pronto una mujer se mueve, yo me aparto para cederle el paso hasta que compruebo que esa mujer soy yo” confiesa Heather, refiriéndose a su incapacidad de reconocerse a sí misma.

El cómo afecta el “trastorno de reconocimiento de rostros” a la formación del yo, sobre todo cuando no se es capaz de reconocer el propio, es un asunto que aún se encuentra en proceso de ser determinado (afortunadamente ya existen centros de investigación exclusivamente dedicados al estudio de este fenómeno, por ejemplo en la Universidad de Harvard y la Universidad College London). Lo que sí sabemos, gracias al testimonio de personas como Heather, es que la autorreferencialidad influye significativamente en el mapa de realidad individual. De hecho, ante la posibilidad de ser curada, ella recalca que ello implicaría reconfigurar su cartografía existencial por completo –aunque no por ello dejaría de celebrar la cura:

No puedo imaginar lo que tú ves cuando observas un rostro, y eso puede ser espeluznante. Reviso todo lo que he hecho, me ha costado mucho trabajo encontrar una manera de acomodar mi mundo. Y esto (curarse) implicaría reescribirlo todo. Pero también sería fascinante.

En Pijama Surf hemos publicado un buen número de notas sobre la relación entre realidad (como algo independiente, per se) y percepción (como un filtro entre ese ‘absoluto’ y lo que nosotros captamos de él). El texto más reciente al respecto concluye que “La realidad no es tan falsa ni tan verdadera como pensamos” , es decir, se trata de un mix entre estos dos componentes fundamentales. El punto es que la percepción forma, al menos, la mitad de lo que conocemos como realidad. Y en esa dinámica el “yo”, cuya representación material encabeza nuestro propio rostro, actúa como una especie de brújula –algo así como el faro desde dónde observamos el gran teatro cósmico.

Aún después de conocer el caso de Heather, así como la existencia de esta neuroparticularidad llamada prosopagnosia, confieso que aún me cuesta trabajo el solo concebir la imposibilidad de mirarme a los ojos. A fin de cuentas ese arquetípico ejercicio de pararme frente a un espejo a observar mi propia mirada, sabiendo que es un encuentro de “mí conmigo mismo”, algo así como un tête-a-tête con el centro de mi auto-mandala, es una de las herramientas existenciales que más agradezco en la vida.