El hallazgo de un enorme anillo de piedras reescribe la historia de Stonehenge

Stonehenge, en el Sur de Inglaterra, levantado entre el 2.000 y el 3.000 A.C., es probablemente el monumento prehistórico más famoso y visitado del mundo. Pero las piedras que admiran los turistas previo pago de 14,5 libras (20 euros) no estaban solas. Hace cinco años se puso en marcha un proyecto llamado «Los Paisajes Ocultos de Stonehenge», que ahora da sus frutos. Los investigadores han escaneado el subsuelo en un área de 12,5 kilómetros cuadrados alrededor de las columnas conocidas y aseguran haber descubierto un gran anillo neolítico de 90 monolitos de piedra, con una altura de 4,5 metros y de los que treinta se encuentran intactos y en pie. El hallazgo se presentará formalmente en el próximo Festival de la Ciencia Británica.


Como es habitual en estos casos, el equipo de arqueólogos no ha escatimado frases rimbombantes: «Este hallazgo reescribe la historia de Stonehenge y le da una escala nueva y extraordinaria». De todas formas, hace ya años se sabe que en la zona había otras construcciones neolíticas, entre ellas cerca de mil casas que solo se habitaban en épocas concretas del año.


Los arqueólogos han empleado en sus pesquisas un magnetómetro, un radar y un escáner láser en 3D. Es la misma tecnología que ya se había utilizado con éxito para investigar tumbas Tudor del siglo XVI. «Es enorme. Estamos empezando a ver el mayor monumento de piedra de este tipo que se haya conservado enterrado en Gran Bretaña y posiblemente en Europa», afirma Vicent Gaffney, jefe del proyecto «Los Paisajes Ocultos de Stonehenge». Bromeando añade que la magnitud de lo que están encontrando supone algo así «como hacer arqueología con esteroides».


La enorme área ritual que han detectado enterrada forma un anillo con un diámetro de 1,5 kilómetros y se encuentra a 3 kilómetros de Stonehenge. Durante meses los arqueólogos han paseado por las colinas verdes de la zona con un pequeño tractor que arrastraba los equipos de escaneo ante la indiferencia de las ovejas que allí pastan. El anillo, cercano a la ribera del río Avon, tenía un claro objeto ceremonial y está circundado por un foso y aprovecha una depresión natural. Ocupa cinco veces el área de Stonhenge, por lo que sus descubridores hablan de «un superhenge», cuya construcción dataría de hace 4.500 años.


Stonehenge es fuente perpetua de todo tipo de conjeturas, lo que le otorga parte de su encanto, como bien saben los ingleses, magos del márketing y de vender lo suyo. Existen bonitos mitos artúricos que relatan que en el siglo XII lo levantó allí Merlín trayendo las piedras de Irlanda. Otras teorías, sin duda más verosímiles, lo presentan como una especie de santuario megalítico, con cultos asociados al sol y los astros. También se han hallado 300 tumbas de cadáveres que habían sido previamente quemados. Al no ser muchas para la magnitud del poblamiento se deduce que enterrarse allí era un honor reservado a elegidos.


La pasada primavera, el crítico de arte Julian Spalding, que ha dirigido varios museos británicos, lanzó una nueva teoría y aseguró que las célebres columnas sostenían en su momento una plataforma de madera, a la que se subían centenares de fieles para orar a los cielos.


A 15 kilómetros al norte de Salisbury, al sur de Inglaterra, Stonehenge, Patrimonio de la Humanidad desde 1986, es un filón turístico inagotable. Para reforzar su encanto, el Gobierno británico ha anunciado la construcción de un túnel para soterrar el tráfico de la autopista A303, que pasa muy cerca del monumento y le resta encanto. La obra ya ha recibido las rápidas y habituales críticas de los conservacionistas, que han alegado que se pueden dañar túmulos funerarios que han aparecido cerca.


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